
No me refiero sólo a tener trabajo, digamos, a tener la seguridad de una entrada regular (cosa que es por supuesto importantísima), sino a que en el trabajo tenemos la oportunidad de desarrollar nuestro valor, de agregar incluso cualidades a las cualidades de base con las que partimos (y sin las cuales no habría habido nunca trabajo posible para nosotros). Estoy seguro de que muchos que tienen dificultad para encontrar trabajo padecen de una cierta resistencia básica a entregar utilidad, a volverse útiles, de manera que cada oportunidad que se les presenta se ve abortada por ese fondo de obstinación, que les hace sentir que cualquier prestación tenga el sentido del sometimiento.
Es un tema delicado, lo sé. Muchos deben estar leyendo el inicio de este desarrollo con la idea de que estoy sosteniendo que no trabaja el que no quiere, y que en realidad quiero presentar a la pobreza como pura responsabilidad del pobre que se resiste a generar riqueza y pasarla mejor en la vida. No es así. No creo eso. Estoy tratando de describir un fenómeno que afecta principalmente a personas que tienen tanto la posibilidad de trabajar como la de no trabajar, digamos, personas en las que cabe un nivel de elección en la realización de su destino, o su suerte. En los casos más extremos de la sociedad, las cosas juegan de otra manera. Pero en muchos otros casos, en la mayoría de ellos, sí puede detectarse como factor fundamental la diferencia entre, diríamos, engancharse bien con la capacidad productiva, o no lograr la posición que la habilita. El que logra productividad lo hace porque quiere servir, ser útil, aportar algún tipo de riqueza generada por sí mismo de manera que alguien quiera pagar por ella. El que no la logra siente probablemente que servir es reducirse, disminuirse o dejarse usar, con lo cual en vez de volverse cada vez más capaz de generar y entregar riqueza, hace primar una actitud desafiante de improductividad, como si el mundo debiera hacerse cargo de uno, que es tan dignamente humano y que merece por su increíble valor ser mantenido en condiciones satisfactorias de dignidad y contento. Se conocen casos de personas que no condescienden a la productividad a causa de su apabullante superioridad (imaginaria, claro), a la que el mundo no sabe hacerle un lugar y a la que se condena injustamente a quedar inexpresada. Seguro…
Lo humano es producir, hacer, generar utilidad. Y quien tiene ese deseo de producir y de ayudar es paradójicamente quien más cualidades despliega, quien más entiende el universo de la producción, y quien logra, con el paso del tiempo, las mejores posiciones en el mercado laboral. No es el más abusado, sino el más protagónico. ¿Cuáles son las mejores posiciones? Las que le permiten a uno desplegar su capacidad en el campo en el que más significativo le resulta hacerlo y de ese modo logra un nivel de bienestar económico consistente.
Lo planteo así porque en general el trabajo es considerado a partir de la figura de la alienación, como un tiempo en el que uno renuncia a sí en pos de un pago. Un tiempo de sacrificio. En ciertas situaciones seguramente debe ser esa la única opción, pero en la mayoría de las otras, y hoy en día una característica destacada de nuestro tiempo es que lo que hace que un trabajo sea valorado es precisamente que la persona que lo lleva a cabo integre en su productividad la dimensión de su satisfacción, porque ella parece hacer surgir un plus diferencial.
Suena feo decirlo tan sencillamente, pero eso no quiere decir que no sea cierto: el que trabaja sintiéndose explotado vive apretando el freno, sojuzgado, reproduciendo mentalmente en cada idea el escenario de una experiencia limitante y enloquecedora, y no avanza jamás, y tiende a ganar poco y nada; el que trabaja aplicándose, y entendemos esta aplicación como una inversión de su propia búsqueda de felicidad en el campo del trabajo (sea como sea, en la actividad social o en el tipo de desarrollo productivo), logra ofrecer algo valioso de sí y ser recompensado más satisfactoriamente.
El trabajo no es el infierno. En el trabajo la gente está en actitudes activas, y la gente activa es más linda: allí mostramos nuestro poder de fuego, nuestra capacidad, nuestro entusiasmo y para qué sirve éste. El trabajo no es sólo el trabajo, es la aventura de hacer lo que uno quiere, de inventar, de luchar, de competir, de trabajar en equipos, de conocerse y compartir. De satisfacerse haciendo cosas. Si logramos superar la mala prensa que tiene el trabajo podremos captar que es una actividad que tiene mucho de excitación y de placer, es un juego de creatividad y ambición, de defensa y ataque, de resistencia y superación de la resistencia. En el trabajo uno muestra lo mejor de sí, las capacidades de esfuerzo, de concentración, el esmero en las tareas, el cuidado. El trabajo en sí mismo es una especie de amor, tal como lo describimos en premisas anteriores.
Sé que a muchos esta descripción del trabajo les puede parecer demasiado positiva, pero es que el trabajo valioso, el trabajo bien hecho, siempre tiene estas características amorosas. Hay amor en el trabajo porque el trabajo mismo es, cuando está bien encarado, una realización personal profunda y uno tiende a adorar sus realizaciones. Y para terminar de captar la idea en toda su amplitud, también conviene entender que…
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