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lunes, noviembre 12, 2007

Algunas reflexiones sobre la ecología, en ocasión del tema Botnia

Sí, todos queremos que el mundo sea un jardín. Pero todos queremos también que el mundo se desarrolle: queremos medicina de alta complejidad, computadoras, combustibles baratos, películas, tecnología, electricidad, aire acondicionado, comida y educación de calidad para todos. Bueno: las dos cosas no se pueden lograr a la vez.

El caso con Uruguay: en Europa y en Estados Unidos hay más contaminación que en nuestros países. Si queremos desarrollo tenemos que abandonar el principismo ecologista y aprender a pensar estas cuestiones con más detalle (usar industrias limpias no quiere decir que no se contamina nada, sino que se contamina menos de lo que se podría contaminar, como parece ser el caso de Botnia y su alta tecnología).

No resolvemos nada haciendo del otro un malo. La opinión pública es infantil, genera malos en vez de pensar.

Uruguay tiene derecho a hacer lo que está haciendo. La contaminación que se alucina infernal no está probada, es el fantasma con el que los argentinos ejercemos nuestra política del pobrismo. No queremos crecer ni dejar crecer a otros.

La imagen es un cuadro de Basquiat.

martes, noviembre 06, 2007

Preguntas y respuestas sobre la literatura de auto ayuda

¿Son libros de recetas acerca de cómo vivir?

No, son libros dedicados a ayudar a lograr el desarrollo personal, es decir, textos destinados a promover el crecimiento del lector. Distintos autores plantean distintos recursos. El temor de que se trate de prescripciones o recetas está extendido como prejuicio en el universo de la cultura, pero se trata de un género vigente, útil, con un público extenso: un fenómeno valioso y vital.

¿No ofrecen estos libros una extrema simplificación de cuestiones complejas?

El problema no es el de la simplificación (si no terminaríamos por valorar a los textos oscuros por ser oscuros): la simplificación es siempre el punto de llegada de un conocimiento o visión del mundo, su más alta aspiración, lograda a través del arte en la forma del decir. El problema, lo que creo que hay que considerar, es la visión del mundo que se está simplificando, si es adecuada o no, para qué sirve, adónde apunta, qué propone. En general la literatura llamada de auto ayuda o de desarrollo personal busca que las personas avancen, concibiendo ese avance en muchos sentidos posibles: maduración emocional, crecimiento económico, superación de un estado de apocamiento, despliegue y enriquecimiento de la fuerza propia, de las posibilidades, anulación de una conciencia extenuante, por crítica o inhibitoria, o ignorante (que es más o menos lo mismo), etc.

¿Quién tiene que leer este tipo de libros?

Todo aquel que busque sentirse protagonista de su aventura de vivir, el que quiera pensar y reflexionar sobre su realidad, observarla y adoptar en ella una actitud activa, de movimiento, el que quiera más para sí y para los suyos, el que acepte que puede aprender cosas útiles para su vida, el que entienda que pensar tiene que ver con vivir, y que el objetivo de ese pensamiento debe ser el de mejorar la calidad de vida, su producción de riqueza y felicidad.

¿Para qué hay que leerlos?

Para encontrar ideas, frases, perspectivas, que nos desafíen, que se proyecten en nuestra experiencia cotidiana como un estímulo al desarrollo que se busque. Para adquirir el hábito de la auto observación y para dejar entrar visiones operativas, que ayuden a vivir el riesgo de buscar y crecer.

¿Qué tienen que ver estos libros con la filosofía?

Constituyen una actualización de la tarea de elaboración del sentido de la vida y de las cosas que representa la tarea de la filosofía. El pensamiento vital, elaborativo, real, útil, está más presente en este tipo de libros que en muchos de los que se ubican en la sección “Filosofía” de las librerías. Distintas calidades hay en todas partes, pero en este enfoque hay una voluntad de enfrentarse con la realidad mucho mayor que en la literatura que el intelectualismo favorece. Nietzsche estaría de acuerdo con esta idea, cosa que puede comprenderse al recordar la siguiente cita, tomada de su Ecce Homo:

“…estas co­sas pequeñas –alimentación, lugar, clima, recreación, toda la casuística del egoísmo– son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado impor­tante. Justo aquí es preciso comenzar a cambiar lo aprendi­do. Las cosas que la humanidad ha tomado en serio hasta este momento no son ni siquiera realidades, son meras ima­ginaciones o, hablando con más rigor, mentiras nacidas de los instintos malos de naturalezas enfermas, de naturalezas nocivas en el sentido más hondo; todos los conceptos «Dios», «alma», «virtud», «pecado», «más allá», «verdad», «vida eterna».”


¿Qué tiene que ver este género con la psicología?

Este es un género psicológico, en el que se promueve la expresión y la superación de las inevitables trabas presentes en el desarrollo de la vida del individuo. Psicología aplicada, directa, relacionada con una constante observación de las experiencias vividas. Algunos psicólogos han escrito textos que pertenecen a este género, y otros se benefician del estímulo que proveen a sus pacientes. No hay que suponer que una terapia psicoanalítica, por poner un ejemplo extremo, entre en conflicto con estas lecturas: por el contrario, colaboran con el objetivo de lograr que el paciente despliegue sus problemas y elabore sus salidas o soluciones.

¿Qué autores o libros recomendarías?

Hay infinidad de libros interesantes, de distintas épocas y con distintos enfoques. Existen vías espirituales (Osho, Chopra) y vías empresarias (Peters, Covey), vías psicológicas (Goleman, Gray) y vías new age (Hay, Gawain). Lo interesante es recorrerlas todas, tomando de cada libro el rasgo que uno sienta apropiado para su momento. La recomendación es entonces la siguiente: hay que probar sin prejuicio y aceptando la propuesta como un desafío de auto observación. Algunas terminan por darnos algo de valor, otras no. Como en todos los casos y en todas las cosas, cada uno arma su selección personal.

lunes, noviembre 05, 2007

Tarifas

El aumento en los servicios públicos

Toda la discusión acerca del aumento de los servicios públicos está falseada por un aspecto importante: no existe en la ciudadanía la sensación de que sea justo pagar por los servicios.

Sea cual sea el nivel de las cifras a pagar, los impuestos y servicios, que no son exactamente lo mismo, suelen ser considerados meras injusticias.

Es injusto que nos cobren, sentimos, cuando en realidad corresponde que todo servicio o prestación sea retribuída como merece.

En este caso, como hay empresas fuertes (y las empresas en la moral del populismo son entidades malignas) y como el país no supera algunas de sus crisis básicas, queda como un acto de profunda injusticia la necesidad de ajustar las tarifas.

Yo no conozco el tema en profundidad: no sé si tienen que aumentar ni cuanto, ni cómo corresponde hacerlo ni cómo es la cosa en otros países del mundo. Pero lo que sí me parece claro es que no estamos dispuestos a pagar, y que muchos aumentos tienen que ver con una reacomodación lógica.

Todo se enrarece porque es cierto que el gobierno niega la inflación de una manera psicótica: todo aumenta en cantidades extremas y el gobierno dice que son apenas unos puntitos de inflación por año.

Diluvia, estamos empapados, pero el gobierno dice que garúa. ¿Será que no salen a la calle? (Sospecho que los funcionarios principales no hacen las compras).

Esto hace que haya una irritación lógica, correcta diría, frente a cualquier aumento.

Pero me refiero a un tema más de fondo, a la incapacidad que tenemos de entender que las cosas tienen su precio.

Incluso las cosas que deseamos en nuestra vida: lograr una buena situación tiene su precio (hay que ser especialmente creativo y trabajador), lograr una buena relación tiene su precio (madurar la afectividad, ser capaz de manejar conflictos sin echarle la culpa a otro), lograr un buen país tiene también su precio (consolidar una ciudadanía dispuesta a trabajar, a gobernarse bien, a limitar la corrupción y a domar al pobrismo populista).

La discusión sobre las tarifas, o sobre los impuestos, -sobre los ajustes del ABL en la ciudad, por ejemplo- está falseada por esta tendencia a no querer pagar los precios de las cosas. Nadie está dispuesto a reconocer que ciertos aumentos pueden ser legítimos y hasta útiles, en función de las posibles mejoras en el servicio.

Nos gusta pensar que es nuestro derecho tenerlo todo sin dar nada a cambio.

Y se desconoce el hecho de que los derechos esconden también deberes: existe el derecho a comer de todos los chicos argentinos, el tema es ¿cómo se hace? Tenemos derecho a vivir una relación amorosa feliz; sí, el derecho está, ahora, ¿tenemos lo necesario para lograrlo?

Pero cuando salen en los diarios o los noticieros los ajustes probables de tarifas el gobierno y la opinión pública los maneja como si fuera siempre algo que representa una injusticia. Me parece que así no vamos a avanzar mucho, en nuestro desarrollo como país. Hay que reconocer que el tema es más complejo, y aprender a tratarlo mejor, es decir, más realistamente.

miércoles, octubre 31, 2007

Nuevos ataúdes

No queremos pensar mucho en la muerte, y no está del todo mal que así sea, pero hay dos noticias sobre la modernización de los ataúdes, aparecidas en el diario Infobae, que me parece que vale la pena retomar.


Es evidente que la mejor prestación sería la de volver al muerto a la vida, cosa que por el momento no pueden hacer. Pero en estas nuevas características hay algo interesante por pensar y por comprender, que tiene que ver con la forma en la que podemos pensar y sentir la muerte.

Cuento:

Caso uno: una empresa italiana que diseña ataúdes (muy bonitos, por cierto) hace publicidad de sus productos con un almanaque en el que aparecen hermosas modelos poco vestidas y en poses provocativas junto a sus féretros. Parece que han despertado un interés inmenso, que llegan pedidos de los almanaques desde todas partes del mundo y que ahora han comenzado a exportar sus ataúdes, cosa que no habían pensado hacer ni creído posible.

Los felicitan por tener sentido del humor, o por poner junto a la representación de la muerte una representación de la vida. Me hace acordar que alguna vez leí de un hospital, creo que para personas mayores, en el que las sábanas tenían impresa la foto de hermosos cuerpos desnudos. Al parecer contagiaban vitalidad y las personas se veían estimuladas a mejorar. A curarse e irse del hospital.

Caso dos: cito de Infobae,

Un inventor filipino presentó un "ataúd multimedia" que cuenta con un aparato de vídeo conectado a Internet. Con éste, los parientes y allegados del difunto que se encuentren en el extranjero podrán mandar sus condolencias durante el tiempo que dure el velatorio.

El inventor, Antonio Andes, señaló que la pantalla también puede ser configurada para mostrar el retrato del difunto, vídeos con estampas de su vida o expresando sus últimos deseos.

Además, la pantalla, instalada frente al rostro del difunto, en la parte interior de la puerta del sarcófago, puede emitir música y películas para hacer más amena la ceremonia.

Ningún muerto se va a entusiasmar tanto con su lindo o sexy ataúd como para levantarse y andar, pero a mi me gusta que se le pierda un poco el respeto a la muerte, la emoción reverencial y aterrorizada. No creo que lleguemos a superar el temor a la muerte (ni me parecería sano hacerlo), pero me gusta ver asomar estas faltas de respeto, porque pueden conducir a emociones más interesantes y vitales.

Tener miedo, rechazar su avance o cercanía me parece bueno, inevitable, pero sin tenerlo demasiado claro siento que en estas variables atrevidas hay una actitud valiosa, que tiende a ubicar a la muerte más en el lugar de un hecho orgánico, natural, que en un pedestal de terror y seriedad demasiado siniestro.

Digamos que tal vez podemos avanzar y superar la representación de la muerte ligada a la culpa y la melancolía y acceder a un estilo más entero y vital. ¿es posible? Ni idea.

Link: Ataúdes eróticos
Link: Ataúdes multimedia

viernes, octubre 26, 2007

Los chicos y la tele

¿Qué hacemos con nuestros hijos y la televisión? Supongo que habrá quien no ve en este tema ningún problema a considerar, o bien porque son adultos que funcionan con la tele prendida todo el día (entonces el problema sería si poner programas de grandes o de chicos, cosa que se soluciona teniendo una segunda tele), o bien porque consideran que no hay motivo para restringir a los chicos en el tiempo que pasan frente a la pantalla. Es una opción, la de decir: bueno, que vean todo el tiempo que quieran, es propio de nuestra época, de todas maneras el hogar y el mundo proveen otros estímulos y no hay nada que preocuparse. Como dijo el pediatra de unos amigos (no me acuerdo cuál ni de quien) en una frase general y tranquilizadora: los chicos salen bien.

Pero, ¿y los adultos que no nos llevamos tan bien con la tele, que no la tenemos siempre emitiendo en el paisaje del hogar, que vemos a veces, noticieros y documentales, o películas, antes de dormir, que no queremos que el sonido ordinario y penetrante de las voces de los locutores y demás personas ejerciendo hipocresía social nos llene la casa de una onda no deseada ni compartida, qué hacemos? ¿Los que no queremos estar consumiendo publicidad como si fuera un género artístico, porque no la consideramos tan valiosa ni notable, qué hacemos?

¿Prohibir la tele totalmente? Ridículo: es la realidad y somos parte de ella, además los chicos quieren ver, y otro además, hay programas sensacionales (ejemplos: Barney, Pocoyó, Save Ums, Caillou, Backyardigans, programas cuidados, artísticos, hermosos, geniales). Pero entonces, ¿Qué vean todo el día, televisión libre? ¿Poner horarios? ¿Competir con la tele, generando programas alternativos que puedan seducirlos más que la tele? ¿Todo el día? ¿Y la comodidad de enchufarlos frente a la pantalla y que disfruten, mientras uno por fin puede –digamos, alguna vez- leer un poco o ir al baño tranquilo, o charlar con su esposa sin interrupciones durante algo así como 10 minutos?

Otro punto: tratar de limitar la tele genera encontronazos, pedidos de dejame ver a Spartacus que pueden terminar en quilombo si uno dice ahora no porque mientras comemos en esta casa no se ve la tele, queremos charlar, compartir un momento todos juntos.

No digo que sea un problema que deba desesperarnos, no es tan grave, pero pregunto, para que lo pensemos entre todos (sé que es un problema compartido por muchos): ¿qué hacemos?

En la imagen: el GENIAL Pocoyó.

jueves, octubre 25, 2007

Autoridades de mesa: mi columna de hoy en El Exprimidor

No sabemos si llegaron los telegramas convocando, si llegaron en cantidad suficiente. Puede ser que no hayan sido convocadas, pero también es cierto que hay una cierta resistencia de la gente a cumplir con ese rol. Faltan autoridades de mesa: faltan autoridades.

De mesa y de gobierno. Por ejemplo, la noticia principal de Clarín hace dos días era "Kirchner reclamó por los policías asesinados". ¿Cómo, el presidente también reclama? ¿A quién, si él está a cargo? Ridículo. Muchas veces Kirchner hace este movimiento, ponerse en situación de opositor más que de presidente. Y esto pasa sin que sea advertido. Es Kirchner pero es también la ideología del reclamo, de la denuncia, de la protesta. Lo que falla en esa posición es la creencia de que hay alguien que es dueño de la situación, al que hay que reclamarle, cuando lo cierto es que la situación la hacemos nosotros mismos.

Al argentino medio le gusta ser hijo, no papá, ser víctima, no hacerse cargo.

Otra vuelta que le podemos dar a la cosa: eso de defender las instituciones nos parece una mariconada. Sentimos que es verso, retórica, no logramos captar que "instituciones" es una palabra que designa aspectos importantes de la estructura social y de nuestra calidad de vida.

"Pequeñas anécdotas de las instituciones" se llamaba un disco de Sui Generis, y la idea de fondo es que las instituciones son entidades alienantes. Otra perspectiva un poco infantil, sobre todo cuando la democracia avanzó tanto y decir instituciones no es aludir a ningún poder alienante sino a nuestra fuerza como sociedad que busca justicia y bienestar.

Pero es difícil para nosotros dejar de sentir que instituciones es algo real, importante, algo más que un tema de la materia Educación Cívica.

No hay ganas de hacer, de estar, de cuidar. No hay amor por lo público. Sí, es comprensible, nos sentimos estafados, pero es un error creer que hay alguien a quien reclamarle: si queremos un país mejor tenemos que hacerlo.

Y si no: basta de quejarse. La queja y la decepción debe ir acompañada por la acción. Si no hacés nada por la sociedad en la que vivís, entonces no te quejés más, no tenés derecho.

Otra vuelta: la mayor parte de los hombres piensa el 80 por ciento del tiempo en futbol, y después se quejan de que el país no funciona. ¿Quién lo va a hacer funcionar si todos son como niños que no pueden apartar su atención del deporte?

miércoles, octubre 24, 2007

El político es un artista de la sociedad

Esta fue mi columna de hoy en el programa de Ari Paluch. La idea ya la trabajé en mi libro "Amor y país", pero acá tiene otros ingredientes:


Habría que decir que el político es un artista del liderazgo, pero me gusta la metáfora en la que la sociedad es como un instrumento musical y que el político al dirigirse a ella y al conducirla la hace sonar.

Algunos hacen música, otros ruidos, algunos tocan una canción de protesta, otros cumbia, otros hacen una ópera (a los gritos), otros jingles publicitarios. Algunos canciones de amor, otros canciones de despecho, algunos tangos sufridos y otros canciones infantiles.

La sociedad es un instrumento y cada líder saca de ella un sonido particular. También es cierto que los instrumentos tienen sus limitaciones y sus características, y que es diífil tocar una sinfonía con una pandereta.

¿Qué es lo interesante de esta idea? Que permite entender el trabajo de un político más allá del eje moral. No se trata simplemente de que sea una buena persona, correcta, moral, sino que cada uno de ellos imagina un país distinto, genera una música distinta.

Que un político sea un artista sirve también para señalar que hay en la gestión un componente de creatividad, de juego, de imaginación, de deseo, de invención, que suele ser mal concebido. No se trata simplemente de "hacer las cosas bien", como uno cree, sino de ver qué cosas hay que hacer, cómo se logra de un modo eficaz y novedoso satisfacer las necesidades de la sociedad. El artista inventa, crea, imagina.

Otra cosa: La elecciòn no es un mecanismo racional, es una consulta básicamente emocional. Uno vota según la música que es capaz de escuchar, siente resonancia con el líder con el que comparte un universo afectivo.

No estoy diciendo que no sea importante la honestidad de un líder, estoy diciendo que eso no basta, o aun más, que una persona puede ser muy recta y ser un perfecto inútil.

El mejor líder, siguiendo con este juego, sería el que hace que el instrumento suene como nunca sonó, el que hace que una sociedad saque de sí misma una forma nueva, evolucionada, que saque un sonido mejor del que se creía capaz de sacar de sí.

jueves, octubre 18, 2007

Bill Gates, los teléfonos, Tom Peters y cómo pensar el cambio

"Cuando dentro de 10 años veamos teléfonos en las películas diremos: ah, sí, ya me acuerdo, la gente solía tener esas cosas"

La telefonía fija va camino de su extinción. Vamos a ver muchas transformaciones más en nuestra vida y esto nos hace acordar de que estamos en medio de una mutación social importante, de la que no siempre nos damos cuenta.

El número de celulares de hoy hubiera sido inimaginable apenas unos años atrás. ¿Imaginamos hoy, como dice Bill Gates, que tal vez en vez de ser clientes de una empresa de telefonía vamos a tener dispositivos para hablar por internet sin cables desde cualquier parte de la ciudad?

Cuando nosotros éramos chicos nos hubiera parecido un sueño tener un aparatito que nos permitiera hablar desde la calle. ¿Por qué no pensar que estas realidades que creemos tan fijas son en realidad cambiantes, y que muchas fantasías pueden volverse reales?

Las empresas telefónicas aterradas, o al menos preocupadas, ¿podrán poner un pie en ese negocio o tendrán que reinventarse?

Quiero recomendar un libro Re Imagina, de Tom Peters, gurú del cambio, de la creatividad, que convoca a una reinvención de la vida, del mundo, del trabajo, de todas nuestras experiencias. Su libro logra lo que predica: es un libro original, reinventado, con un diseño novedoso.

Es interesante pensar como algunas empresas o incluso algunos rubros no pudieron rediseñarse a tiempo. Un ejemplo clásico es el de las compañías de trenes en EEUU que no supieron definirse como “empresas que transportan personas” y se quedaron en la definición de su negocio como “empresas de trenes”. En vez de aceptar la revolución del avión la rechazaron, si se hubieran subido a tiempo hubieran tenido un futuro mejor.

Definir y redefinir ¿Cómo definimos nuestro trabajo, cómo definimos nuestro sentido de la vida? Hay que redefinir y redefinirse, asumir ese desafío es aceptar que los tiempos que corren son tiempos de enormes cambios, y que uno no puede seguir siendo siempre el mismo, porque la vida y la sociedad nos hace cambiar todo el tiempo.

Esa capacidad de redefinirse vale también para pensarnos a nosotros como personas y como trabajadores.

Los que trabajamos en la radio, ¿somos comunicadores, pensadores rápidos, creadores de intimidad vía aérea? ¿Somos recreadores de noticias, okupas del espacio mental, conversadores que eliminan el silencio temido, luchadores en contra del horror al vacío?

¿Qué es un político? ¿un representante, un artista de lo social, un gestor eficiente (o no), un terapeuta de la impotencia, un promotor de la revancha?

Cada político tiene una propuesta y re define su actividad en función de sus creencias. Algunos venden que la política es revancha, otros que es gestión y desarrollo, otros que es moral, etc.

Cierro con otra idea de Tom Peters: el plan de la calidad total es un plan viejo. Tal como están las cosas no tiene sentido gastar talento pensando cómo uno puede llegar a hacer de manera perfecta aquello que ya hace. Lo que tenemos que hacer, dice Peters, es pensar en qué cosa distinta tenemos que hacer, re inventar el mundo. No insistir en la perfección de algo que está destinado a desaparecer pronto, dedicarse a entender qué es lo nuevo que necesitamos y cómo lo vamos a hacer.

Vale en la empresa, vale en la política, vale en la vida personal.

martes, octubre 16, 2007

Temas para El Exprimidor

¿De qué cosas les parece que podría hablar en mi columna de "El exprimidor", el programa de Ari Paluch en el que estoy un ratito todas las mañanas?

Argentina Subnormal

Todos tenemos en nuestra memoria una o varias personas que han muerto en accidentes de tránsito.

Cosas inexplicables de los argentinos

Que nos matemos en las rutas, que desde hace años argentina sea un país extremadamente peligroso en cuestiones de tránsito y accidentes, que tengamos un estilo de comportamiento en las calles y en las rutas que evidentemente es tremendamente peligroso y genera muertes todo el tiempo.

Inexplicable: Lo grave, lo gravísimo, es que lo sepamos y no seamos capaces de hacer nada efectivo al respecto.

De la misma manera sorprende que votemos al peronismo o a líderes de baja calidad, que seamos incapaces de votar bien, de ir más allá de la miopía de lo inmediato y que no seamos capaces de darle a los políticos de mayor

calidad, que los hay, el protagonismo que merecen.

Parece que no nos damos cuenta de que los hechos concretos y mínimos de nuestra vida tienen consecuencias, que la realidad común se arma de los infinitos pedazos de las realidades particulares.

Creco que habría que hablar de una sociedad poco plástica, poco capaz de aprender y de cambiar, atada a costumbres nefastas, como si fuéramos alcohólicos que siguen tomando pese a que su familia deja de ser una familia, o drogadictos compulsivos que no pueden elegir dar la batalla contra el hábito y tratar de sentirse bien.

No quiero caer en la posición habitual de decir que somos un desastre total como sociedad. No es cierto que la sociedad argentina no tenga la creatividad propia de toda sociedad, hay muchos avances en las costumbres, avances morales, avances políticos (por ejemplo: no hay violencia política, si bien hay otras, que ahora nos tocaría tratar de evitar ahora)

Anoche tuve un sueño: iba a ir a ver a una especie de terapeuta de manejo, que me iba a atender. Yo tenía miedo de quedar manejando sin nervio, como desinflado. Me daba cuenta de que podía ser más seguro, pero sentía que perdía algo. No quería ir.

Es cierto que manejar con más cuidado quiere decir perder un cierto nervio de movimiento y velocidad, pero también es cierto que es precisamente esa actitud la que hay que podar para que las calles dejen de ser el campo de batalla que suele ser.

Hay un infantilismo en no querer ponerse en duda, incluirse en el cuadro, hacerse cargo.

El argentino medio, el que asoma en la opinión pública, es un nene medio tarado, que nunca se da cuenta de que sus resultados tienen que ver con sus actos. Todo lo que le pasa lo atribuye a la maldad de otro, nunca se hace cargo.

Nuestras muertes: 7 mil u 8 mil por año. El doble de personas que mueren en hechos delictivos.

Si lo interpretamos tomando un poco de distancia: falta aprender a cuidarse, a quererse.

No es falta de interés por el otro, es falta de conciencia, tendencia a sentirse inmortales. Idiotez, incapacidad de aprender, de crecer. Mucha ideología, mucha atención a muertos de 30 años atrás, pero ninguna capacidad para responder a estas muertes altamente trágicas y constantes.

En 10 años son 75 mil muertos.

Argentina subnormal porque no puede aprender de la experiencia, porque en vez de hacerse cargo de los problemas los volvemos eternos, porque en vez de hacer algo generamos discurso sobre lo que pasa, discursos alarmistas, extremos, desgarrados, pero no hacemos nada. Y de esto no tiene la culpa nadie más que nosotros. Hay que aprender a aprender, a cuidarse en las rutas, a votar mejor, a descubrir o inventar las maneras en las que podemos hacer una sociedad capaz de crecer.

lunes, octubre 15, 2007

Billeteras y galanes

El canallesco dicho, expresión de una visión cruda y desencantada de la vida, dice "billetera mata galán". Y puede ser cierto. Pero también es cierto que "amor mata billetera", y que "galán" no representa "amor" sino afán de conquista, lucimiento narcisista, belleza y atractivo, valores que lucen pero no son los más poderosos.


Se me ocurrió el otro día, esto, y me puso contento, porque entendí que la visión Winograd del refrán referido no era una verdad última sino expresión de la miseria humana propia de ciertos ambientes.

Dicho todo esto sin ánimo de desprestigiar el alto valor del dinero, que es legítima expresión de riqueza, pero al que no podemos creer sostén suficiente para el sentido de la vida. Amor está más cerca...

(Me anticipo a las objeciones, que me van a señalar que a veces "billetera mata a amor": en ese caso no era amor).

Es una manera de justificar cierta pobreza humana, ese señalar al dinero como el determinante de última instancia de situaciones afectivas. No es que no sea así en muchos casos, pero no lo es porque se trate de una ley de la afectividad, sino que suele suceder mucho, precisamente cuando la afectividad no es tan poderosa y sana como suele ser.

La persona que no puede querer dice: la plata es lo más fuerte.

En el fondo, además, esta mirada es canallesca porque tampoco asume el valor del dinero como bueno y legítimo, sino como una verdad un poco miserable.

Otra versión es la de decir que se trata solo de sexo, que el amor es una especie de versión un poco maricona del fenómeno, una pantalla para ocultar que lo que pasa verdaderamente es sexual.

Otro modo canalla de no aceptar que el amor existe, y que no es nada tan pavote, que puede ser afrodisíaco, muy sexual, e incluso que puede ser una buena ayuda para el crecimiento económico.

La dificultad está en reconocer que el amor es una realidad. Muchos lo combaten como una idea ilusa, como una ingenuidad, como un recurso de la publicidad o un romanticismo que ya está fuera de época.

Quien acepta la idea y el sentimiento del amor, y no hablo del amor a la humanidad o al pròjimo, sino del amor más real a personas concretas, encuentra una dimensión de la realidad especialmente rica y vital una realidad más consistente de lo que puede parecer.

Creo que no sabemos pensar bien el amor, que es algo que nuestras palabras e ideas saben más eludir que aceptar.

viernes, octubre 12, 2007

Una propuesta a la humanidad: nuevo formato de semana

Hoy es viernes, último día de la semana.

Quiero hacer una propuesta a la humanidad, desde este modesta columna: reorganizar la semana. En vez de la habitual sucesión de lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo, la semana que propongo sería así:

lunes
martes
miércoles
sábado

jueves
viernes
sábado

y recomienza.

No hay más domingos (los únicos "domingos" serían los feriados), tenemos dos sábados (que son días sensacionales), y un nuevo "viernes" (otro día lindo), que sería el miércoles.

Cuando publiqué esta idea en mi blog hace algún tiempo hubo gente que propuso otros formatos.

Por ejemplo, me decían que por más que se llamaran sábados los días antes del lunes iban a tener siempre sabor a domingo.

Creo que no, porque los sábados son medio laborales. Y tal vez lo que hace a los domingos días poco agraciados es que es un día sin actividad, en los que la vida parece no tener sentido.

Ya sé que hay gente que la pasa muy bien los domingos, creo que los curados, los felices, los disfrutan, pero hay muchos que no: la sociedad se apaga un poco.

Mi nuevo formato de semana es más moderno porque es más activo, hay menos interrupción. Dos días de fin de semana seguidos interrumpen mucho el trabajo.

Claro, es una propuesta para la gente que le gusta trabajar y que necesita descansos más cortos y más seguidos.

En el fondo de esta propuesta está la idea de que muchas de las cosas que consideramos fijas e inamovibles pueden en realidad alterarse, adquirir formas nuevas. No podemos inventar la eliminación de la muerte, pero tal vez sí podemos modificar otro tipo de cosas...


El dibujo es mio.

jueves, octubre 11, 2007

Ley de obesidad

Mi primera reacción fue la de pensar que se trataba de lo que pasa muchas veces cuando hay reclamos públicos: se intenta trasladar al estado algo que es del ámbito de la responsabilidad personal.

Pensé: están planteando su problema personal como una cuestión pública. Lo que hacen que sean tan gordos no es una desatención social sino algo que es de su propia responsabilidad, ¿por qué plantearlo como un tema social?

Pero después entendí: lo que están pidiendo es ayuda para poder enfrentar su tema, no zafando de él sino lo contrario, quieren hacerse cargo. Quieren que la ley les de pie para poder dar ese enorme paso de crecimiento personal que es sacarse semejante peso de encima. La obesidad es como tener a otra persona en el mismo cuerpo, y lograr sacársela de encima es un trabajo extremadamente duro y valioso.

Y esa ayuda tiene que ver con que se actualice la consideración de la gordura extrema y se la comprenda como lo que es: una enfermedad.

La salud es un terreno en constante cambio. Pero es sobre todo un concepto con el cual las personas vamos pudiendo abordar nuevos problemas y tratando de solucionarlos.

No muchos años atrás carecíamos de recursos para tratar muchas enfermedades. Los antibióticos son de uso corriente desde 1943. La idea de una salud mental, anímica, es también relativamente reciente, o al menos las formas de trabajar para lograrla. La salud avanza y la ley tiene que estar atenta a esos cambios, para ayudarnos a estar cada vez mejor.

Otra cosa que me llamó la atención al ver las imágenes por televisión es que no era una manifestación cargada de resentimiento sino que expresaba más bien ganas de vivir, había una especie de felicidad en el reclamo.

Es buena la idea: para luchar por algo, para conseguir mejoras sociales, no es necesario siempre partir de la idea de la amargura y de la injusticia: muchas veces se trata de lograr nuevas situaciones que se logran basándose en las ganas de una vida más plena.

En mi barrio hay un señor que en el curso del último año debe haber adelgazado alrededor de 100 kilos. Solemos hablar, al pasar, y le digo lo bien que lo veo. El dice que así se siente, renacido.

Me encantan los programas de tele en el que se hace seguimiento del proceso de adelgazar. Creo que estos casos despiertan tanto entusiasmo porque son un ejemplo muy concreto de un camino de superación personal, la aventura de una persona que decide no padecer más su situación y hace todos los esfuerzos, como protagonista de su vida, para cambiar la situación y vivir mejor.

Hay mucho que aprender de estos obesos que se han cansado de su obesidad y están dispuestos a dar la batalla.

martes, octubre 09, 2007

Intimidad: mi columna de hoy en El Exprimidor

A veces hablar de los temas del día y a veces de temas de fondo. Que también son actuales. También me pueden escribir a mi blog y proponerme temas o preguntas.

Yalom es un psicoterapeuta norteamericano, autor de El día que Nietzsche lloró, Un año con Schopenauer, Verdugo del amor, Mamá y el sentido de la vida, Terapia a dos voces, Desde el diván. Todos sensacionales. Libros que lees y te vas curando, entendiendo mejor como funciona la vida anímica. Son historias de curación, que tienen un efecto benéfico.

Yalom dice que quienes van a terapia lo hacen generalmente porque están desesperados, y que esta desesperación tiene una única causa: la incapacidad de vivir relaciones de intimidad satisfactorias.

¿Qué es la intimidad? Estar cerca de alguien, poder ser auténtico, espontáneo, aceptar y disfrutar de la manera de ser del otro, poder confiar, lograr un encuentro.

Es un valor muy buscado en nuestra época, es lo que está detrás de la pasion por la comunicación de hoy: celulares, servicios de mensajería instantáneo, mensajes de texto, mails, chat, video chats, terapias, día del amigo, etc. (Internet no promueve el aislamiento, como muchos pretenden, sino exactamente lo contrario)

Este tema permite pensar tambien los cambios morales, los avances morales, de nuestra época.

Caso claro, que aludo siempre: antes, cuando un padre hablaba un hijo debía callar. Hoy, los padres cuando hablamos no queremos que los hijos callen, queremos charlar. ¿Cómo se llama el nuevo valor? Comunicación, intimidad, amor. ¿Se perdió el respeto? No, podríamos decir que cambió, que ahora lo hay más, que es mutuo. En todo caso el valor, la palabra, la idea, con la que se arman las nuevas familias no es tanto la idea de RESPETO como la de INTIMIDAD.

Lo interesante es captar, con esa palabra certera, ese ingrediente básico de la felicidad, la capacidad de estar cerca de alguien.

Una de las cosas que hace que la intimidad sea difícil es el temor. Como bien dice Osho lo contrario del amor es el miedo. Con el amor uno se abre, confía, se expande, se abre, con el miedo se cierra, se aisla, se recorta.

En otra época había más palabras para mostrar a la soledad, al aislamiento y al desamor como situaciones meritorias: sacrificio, destino, decencia. Hoy en día, caídos esos pretextos, la soledad es simple soledad, incapacidad personal de establecer vínculos satisfactorios.

La imagen es un cuadro de Matisse, que captó perfectamente la sensación de calidez y sensualidad que hay en la intimidad lograda.

lunes, octubre 08, 2007

Mi columna sobre el Ché en El Exprimidor de hoy

40 años de la muerte del che

Era hermoso; está muerto; era argentino. ¿Qué más se puede pedir?

Un adolescente actual puede confundirlo perfectamente con el líder de una banda de rock, el Ché es el Jim Morrison de la lucha política.

Otra manera de verlo: un Jesús armado. El gran vengador, en vez de poner la otra mejilla acribillaba a los enemigos. Propio de una visión fílmica de la política, más que de una visión real y capaz de progreso.

En todo caso: es mejor que el Ché sea hoy remeras antes que un ejemplo a seguir. Se equivocan quienes lamentan que así sea.

Si es una remera es un símbolo, ¿de qué? De una postura adolescente o infantil, la de no tolerar las imperfecciones del mundo. De algo que con el crecimiento se comprende mejor, de una búsqueda que tiene mejores exponentes. (Menem, Alfonsín, de la Rúa, Kirchner con todo lo criticados que son, son figuras políticas más valiosas que el Ché, porque fueron presidentes elegidos democráticamente y no un poseído que se creía con derecho a matar y a imponer un orden social fanático).

Si es un ejemplo a seguir habría muchos tomando las armas para salir a matar, creyendo que el mal puede suprimirse de la sociedad por la vía de la violencia. Sabemos que eso no es cierto.

Otra cosa: la pasión por los muertos, la tendencia a valorar a los martires. El Ché, Jim Morrison, Luca Prodán, etc. La idea es que vivir a fondo mata, que si te jugás realmente por algo terminás muerto, la idea de que es gente que murió por sus ideales (aplicable a tantos jóvenes argentinos de la década del 70). Lo que es falso. La muerte no consagra, permite una idealizaciòn que tiene mucho de falsedad. La muerte joven es más bien un fracaso, una falta de sabiduría, de fuerza, de eficacia.

En todo caso: más que ideales por los que morir lo que necesitamos son ideas con las que vivir. Es más valiosa una lucha que promueve la vida, que explora y aprovecha lo posible, lo que hay por vivir, que la que juega a un todo no nada propio de la enfermedad mental.

En la idolatría al ché hay una mirada reaccionaria y conservadora de la existencia. La misma idea de revolución es una pasión de muerte, el plan de matar a los malos para purificar la política, algo que produce algo peor de lo que quiere evitar.

el Che fue uno de los inspiradores de la aventura guerrillera argentina y, por lo tanto, más una guía hacia la muerte que hacia la vida. No hay mucho que celebrar en él, más que un equívoco nefasto.

Si un grupo de adolescente llenos de garbo y de ideales retomara las ideas del Che, ¿a quién le cabe duda de que harían todavía más daño que los funcionarios del gobierno kirchnerista?

¿Por qué creer que jugarse es sólo posible rondando la muerte, por qué no valorar el sobrio heroísmo de hacer la propia vida? Hay que ver además la facilidad con la que los simples mortales nos ponemos a amar a los ídolos, a los superiores. ¿Una forma de eludir el protagonismo de la propia vida?

Si queremos algo distinto hay que hacerlo, y probablemente la inteligencia, el deseo personal, la tolerancia frente a las fallas del mundo, sean más valiosas que un novelesco gesto de intransigencia.

jueves, octubre 04, 2007

Los docentes y el pensamiento crítico

Ya que hay tanto docente en su casa, hoy, me parece que es un buen momento para volver a tratar un tema importante.

Todos sabemos que la educación no es lo que necesitamos que sea. Además de los problemas de presupuesto y demás, hay problemas de eficacia. ¿Cómo hacemos que la educación sirva para el mundo de hoy, para que le de algo a los chicos con lo que volverse personas productivas, capaces y felices?

Y quiero aludir a un tema de fondo, que considero básica, algo que podríamos decir pertenece a los valores que la educación propone.

Hay un valor que creo negativo y es el del pensamiento crìtico.

Los docentes gustan decir que quieren que sus alumnos desarrollen pensamiento crítico, como si lo más importante fuera estar atentos a las trampas de la sociedad, como si frente a la realidad lo más importante fuera criticarla, señalar sus defectos.

Lo que propongo a cambio, que me parece mejor y más valioso, es que los docentes asuman el desafío de desarrollar el entusiasmo de los alumnos. No el pensamiento crítico, el entusiasmo, las ganas de hacer, el interès por algo, su capacidad de avanzar y de crecer.

Esto tiene que ver con una locura crítica que atraviesa a nuestro estilo nacional.

La crítica es una de las funciones del pensamiento, pero no la principal. Es más importante la capacidad creativa, la invención, la comprensión, el deseo, las ganas.

Después nos sorprendemos de que los adolescentes estén desapasionados, pero antes los entrenamos en el sinsentido, en la idea de que el más crìtico es el más inteligente.

Vivimos en esa ilusión, el que más descontento está es el más inteligente. El que critica una película, cuando vamos al cine, parece más inteligente que el que sale contento.

Hay dos sentidos de la palabra crítica: evaluar objetivamente o captar la trampa, la negatividad. En el primer caso también se da un paso negativo, porque no siempre hay que ubicarse con objetividad, lo más valioso es que uno pueda querer algo, entusiasmarse, luchar por lo que cree, ser capaz de inventar, crear, buscar, avanzar.

Las ganas de vivir son más importantes que el pensamiento crítico, hay que entrenarse en este poder dormido, que aplastamos con el hábito de la queja, el descontento, la insatisfacción.

La sociedad funciona mejor cuando la gente se anima a querer, a confiar, a inventar, que cuando se dedica a sentir que todo va mal.

No es tan importante decir qué es lo que no funciona, o lo que no se puede: es más valioso entender cómo se hace lo que queremos hacer y aprovechar lo posible con arte e inteligencia.

La Argentina tiene más capacidad crìtica que capacidad creativa, y esto es una de las cosas que tienen que cambiar.

Hay que educar en el arte de querer, pensar, hacer, crecer. Es un camino más efectivo que el del pensamiento crìtico, que ya hemos visto no produce grandes avances.

miércoles, octubre 03, 2007

El matrimonio según Nietzsche

El bestial alemán, filósofo psicológico, pensador poderoso y heterogéneo, aborda el tema del matrimonio en un capítulo de su libro “Así habló Zaratustra” llamado, precisamente, “Del hijo y del matrimonio”. Y, como es habitual en su pensamiento, lo analiza partiendo de la idea de que no hay un único modo para dicha experiencia, sino teniendo en cuenta que a distintos niveles de fuerza le corresponden lógicamente distintas vivencias. La fuerza es en su pensamiento el factor clave a considerar para poder interpretar y comprender cualquier realidad. Por ejemplo, considerando la cuestión del valor del egoísmo, Nietzsche dice que este vale tanto como valga la persona egoísta en cuestión. Si se trata de un individuo valioso, capaz, representante de la línea ascendente de la vida (son sus términos) el egoísmo es en ese caso de alto valor, y hay que alentarlo. Si en cambio el egoísta es alguien débil, decadente, imposibilitado, su egoísmo carece de valor. Dicha persona no debe robarle recursos al que sí puede. Sí, un cristianismo al revés, una visión naturalista, no olvidemos que estamos hablando del autor de “El anticristo”.

Este modo de pensar, que a nuestra mentalidad le resulta tan extraño y desafiante, lo lleva a identificar dos modos básicos de vivir el matrimonio. Una cosa es el matrimonio de dos que se han buscado a sí mismos, es decir, que han desplegado su deseo, vivido sus problemas, atravesado sus fantasmas (cuando Zaratustra le da la mano al fantasma, es decir, enfrenta sus miedos, estos se transforman en duendes, ya no presencias amenazantes sino compañías extrañas y divertidas) y que como consecuencia de todo ese tránsito llegan a identificarse como valiosos y deseados el uno para el otro, y otra cosa es el matrimonio de aquellos que se unen, por el contrario, huyendo de sus problemas personales.

El hijo que surge del matrimonio debe ser un paso adelante en la vida de sus padres: “un ser más elevado debes tú crear”, nos dice, un ser que sea como una consagración propia, la continuación de la línea evolutiva que pasa por nosotros. Si los casados se encuentran como resultado de sus propias experiencias de búsqueda y crecimiento, el niño resultante tenderá a continuar la misma línea de desarrollo vital. Será un hijo de la victoria de cada uno sobre sí mismo, cosa que sucede cuando sentimos que no queremos que nuestros hijos padezcan lo que nosotros padecimos de chicos, es decir, cuando queremos ser para ellos mejores padres de lo que fueron nuestros padres para nosotros. Ese es el paso evolutivo, ser capaz de superar a los que nos hicieron a nosotros, darle al nuevo algo más y mejor de lo que nosotros recibimos. Sí, es cierto que no basta con pensar esto en términos económicos, que se trata fundamentalmente de una referencia al universo afectivo, al aire de amor que cada uno respira –o al que le falta, o en el que se asfixia-. El planteo tradicional o tradicionalista de querer, contrariamente, repetir –por respeto o idolatría- con nuestros hijos la forma de crianza que tuvieron nuestros mayores con nosotros implica que no hemos sido capaces de dar nuestro aporte al ciclo evolutivo. La tradición es por lo general contraria a la evolución, porque es un mecanismo que fija formas a las que no se quiere someter al cambio lógico generado por el paso del tiempo.

El matrimonio es un jardín, dice, para los que saben beber el amargo cáliz que es todo amor. Para este pensamiento de superación todo buen amor es amargo, porque tiene momentos de dificultad que piden desarrollo y crecimiento. El jardín del matrimonio es él mismo un estímulo para que el crecimiento de los casados continúe, ahora creando la vida de seres nuevos a los que se va a ayudar a ser más de lo que fueron los padres. Eso es un buen matrimonio. Pero los otros matrimonios, nos dice, lo que llaman matrimonio los demasiados, es una suciedad de alma entre dos, una vida compartida en la mezquindad, una convivencia que no tolera el crecimiento y la independencia ajena, que la siente amenazante, que por lo tanto la combate y limita. Al amor lo consideran una serie de tonterías y terminan dando el salto de esas tonterías a una única y prolongada estupidez. Son sus palabras, casi textuales. ¿Cuál es la tontería del amor? Aparece en la creencia de que uno sufre y hace locuras por amor, en la idea de que esas locuras (celos, escenas, temores, peleas) se explican como lógicas formas del amor. Eso no es el amor, sino las expresiones propias de quien no sabe qué hacer consigo, formas de la huída de sí, que tiende a proyectarnos hacia alguien como método para huir de nosotros mismos.

Uno puede encontrarse en el otro o perderse en él. El matrimonio bien avenido es una celebración de la búsqueda propia. En él, los casados dicen: yo, que me busqué y me hice de abajo, que exploré mi sensibilidad, que destrabé mi nudo afectivo (ese que todos tenemos), logré conocer mi deseo y encontrarte, y quiero ahora seguir mi crecimiento impulsado y sostenido por este amor, que me da alegría y felicidad pero que también tiene el valor de desafiarme y hacerme querer más cosas, más mundo, más vida.

lunes, octubre 01, 2007

Los Pumas y las actitudes

Hoy Ari me propuso abordar este tema. Yo no sigo mucho el deporte (digamos que nada, aunque a veces miro un rato) pero estaba al tanto de lo que había en juego y dije algunas cosas que ahora escribí más claramente en este artículo:

Los Pumas y las actitudes

Para muchos el fenómeno de Los Pumas -y sobre todo la actitud del equipo, que mantiene una visible nobleza deportiva (sí, en un deporte brutal) y una posición entusiasta- resulta ejemplar. Incluso se ha oído mucho últimamente la comparación de esta situación con la que se da en el fútbol nacional, en la que se tiende más bien a una versión deteriorada de la competencia.

Alrededor de este tema de la comparación entre Los Pumas y el fútbol es posible observar la exposición de dos facetas del espíritu nacional, dos aspectos de la Argentina, dos modos de vivir, dos tendencias que también están en nuestras personalidades.

Entre estas caras de la Argentina hay una tensión de fondo, tal vez más fundamental y orientadora de la que se arma alrededor de los temas ficcionales de “la izquierda y la derecha”. Si observamos de cerca lo que hay detrás de cada uno de los factores vamos a poder también pensar nuestra realidad con perspectivas interesantes (y que pueden permitir también ayudar por la vía de la conciencia a la producción de una evolución necesaria en nuestra mentalidad).

Una de las facetas es la que vemos en el fútbol es la más abundante y tradicional: el factor ventajita, el objetivo de ganar de cualquier modo –lo que incluye también a algunos para los que ganar mal es aun mejor que ganar bien: moral de presos, el que labura es un gil, el que hace las cosas bien es un estúpido-).

La otra faceta: para ganar bien hay que merecerlo, ganar de manera noble es ser el mejor, no parecerlo. O aun mejor: la victoria no habla de quien es cada uno (en esencia) sino de lo que pasó (del momento, la experiencia, la realidad). Pero en todo caso, si no hay satisfacción de la percepción propia del merecimiento en la victoria ésta no sabe bien. Para esto hay que ser de otra forma.

Hay que observar los mini hechos: cuando uno lleva adelante su vida, ¿cómo lo hace? Los mini hechos no son tan mini, es el lugar de la realidad. La diferencia entre evitar la trampa y a aceptar la realidad o rechazarla e inventar un subterfugio es visible en todos los campos de experiencia que podamos pensar.

Ejemplos políticos: hay una política que quiere el poder a cualquier precio, en la que hacer las cosas bien no es tan importante. De cualquier modo. Las instituciones son una mariconada burguesa, no vamos a detenernos por tan poco, además, no hay que preocuparse mucho, la gente dice muchas cosas pero no hace nada. Alguno irá preso, que se joda, se hubiera cuidado más. Si te cuidás la podés hacer bien.

Hay otra política más volcada al logro, al servicio, a la que le gusta enfrentar los problemas y resolverlos, que se sentiría más satisfecha con poder dar lugar a una mejora en la calidad de vida que con ser vulgarmente preponderante. ¿Tener el poder? Sí, pero porque puedo hacer mucho, y lindo (la estética, la belleza, tiene un lugar en este esquema, en el otro se reduce a una gracia o picardía muchas veces atractiva y hasta valiosa, pero de todas maneras de una vitalidad más limitada).

Hay que ganar bien, la competencia es necesaria, valiosa, lo es también socialmente. Hay que prepararse y hacer lo mejor posible. Muchos justifican la trampa diciendo que es la única manera de hacer las cosas. Es una visión que proyecta una visión miserable del mundo como si fuera la verdad. Se opta por la mediocridad pretextando que es la única posibilidad, ¿lo será para muchos?

En la actitud de Los Pumas se ha intuído otra cosa: una mirada entusiasta de la realidad, en la que uno puede esmerarse y lograr cosas importantes si se hace merecedor de ellas. En este esquema hay que vencer no sólo al adversario sino también cada uno a sí mismo, superar los propios límites. Es un camino de crecimiento, de logro, de disciplina y movimiento, de acción, de búsqueda, de autoconocimiento, de responsabilidad. Ganar bien es un buen concepto: ganar es un desafío, a la conquista hay que merecerla.

En el fondo la cosa es qué se hace con un problema, con un obstáculo: ¿lo aceptamos o lo negamos, le ponemos el pecho (o los), nos hacemos cargo de encontrarle la vuelta, de superarlo, o hacemos la trampa de decir que no se puede, o simulamos estar dando batalla cuando en realidad todos nuestros pasos evitan la confrontación con el esfuerzo y el trabajo, necesaria para producir resultados? Si uno lo acepta puede superarlo. Si lo niega va por mal camino: no, no hay inflación, no llueve, no empieza octubre...

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