Así empieza:
Las miradas sociales pueden resultar reveladoras pero son también extremadamente limitadas a la hora de comprender lo fundamental del mundo humano. La vida se vive desde adentro, es siempre la aventura de alguien, y solemos descuidar esa perspectiva con frecuencia. Para pensar la historia es necesario tener la mirada amplia. Pero para hacer la vida propia -y para hacer bien la historia-, es necesario aplicar una mirada más concreta y realista, individual. Esto es necesario incluso para que la historia, que alguna vez será narrada, tenga algo evolutivo que contar.
La hipótesis: si las personas fueran más sabias y plenas también serían más útiles en la producción de felicidad colectiva. La plenitud del individuo genera belleza social. Y más riqueza. Y más bienestar general. El resentimiento y la ideología (plagada de ignorancias) reproducen la amargura social. ¿Acaso todavía no quedó claro?
No nos equivoquemos, buscar el bienestar personal no es un camino para hacerle bien al país. Uno, la persona, el individuo, no es un medio. El intento es el de demostrar precisamente que considerarse un medio no tiene sentido, que es improductivo, que produce desastres. La mayor apuesta es la felicidad personal, y la consecuente sensualidad social de desarrollo y creatividad.
A continuación una serie de premisas orientadoras para ese individuo frecuentemente aplastado por el peso de una visión social inadecuada:
1. No es cierto que quien más sabe, más sufre. El conocimiento y la inteligencia muestran su valor en la realidad que producen. La realidad no es en su fondo la desgracia que gustamos creer. Al tomar contacto con sus verdades profundas lo que se genera no es dolor. Se genera de todo: dolor, placer, deseos, movimientos, experiencias. Sobre todo: acción, batalla por el sentido, ganas de hacer y de logro.
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