Me mandaban de chiquito. Primero a individual, con un tipo que se llamaba Lorenz. Jugábamos, no hablábamos de nada, me ganaba siempre a todo, una desgracia. No quería ir pero me mandaban.
Después hice grupo con Reinoso. Roberto. Ya murió. Fueron como 8 años de un grupo de pre adolescentes. No quería ir. Pero creo que me enseñó unas cuantas cosas, esa experiencia. Grandes amigos de mi adolescencia salieron de ahi. Hubo sesiones prolongadas, momentos temidos de psicodrama y cosas así.
Después, ya más grande, volví de Venezuela e hice un par de años con un lacaniano. Msmenos. Un poco apocado el estilo, no sé si me sirvió.
Después hice 5 años y medio de 3 veces por semana, diván, con un tipo sencillo y esclarecedor, Marcos Koremblit. Esa fue mi buena psicoterapia. Ahi sí: cambié. Logré re estructurarme, casi. LLegué a ser más feliz de lo que creí que podía ser. Claro, también es porque conocí a Ximena y tuve hijos, y porque estoy recibiendo los beneficios de tantos años de escribir, publicar, decir lo que pienso, trabajar, inventar, etc.
Pero fue una experiencia buenísima, esa última. El tipo no es un analista estrella, es un analista bueno. Alguien cercano, que te ayuda a entender lo que te pasa, de a poco, con buena onda. Cuando lo recomendé a amigos mios funcionó también muy bien.
Lo último: hay que conocer al terapeuta. No en su intimidad, sino acercarse y ver si uno tiene ganas de trabajar con esa persona. Si la siente cercana, verosímil. Si hay enganche. Si no lo hay, el tratamiento no sirve.