No había leído nada de este premio Nobel turco, y compré este libro porque me gustaba la idea de conocer su sensibilidad a través de algo escrito pensando y queriendo a una ciudad que era la suya y de la que yo no sabía nada. No me enamoré del autor, ni tampoco sentí que fuera un gran libro, pero de todas maneras capté algunas cosas interesantes, como que -una vez más- muchas de las cosas que tendemos a creer en nosotros únicas y especiales son compartidas por otras poblaciones del planeta.
La clave, según Pamuk, para entender a Estambul, radica en la impresionante decadencia que llevó desde el fulgor de Constantinopla, centro del Imperio Otomano, a la actual ciudad superpoblada y empobrecida. La transformación, pese a ser parte de una historia de siglos, no ha dejado de ser visible en la vida del autor. La melancolía de Estambul tiene que ver con ese antiguo esplendor perdido, del cual quedan aun huellas deterioradas por todas partes. Un poco al modo nuestro, con la diferencia de que lo perdido allí no era una ciudad con un par de décadas de esplendor sino la capital de un imperio. No un inicio de algo sino una conclusión de siglos.
El libro está lleno de fotos en blanco y negro del Estambul que el autor conoció de chico (lo más lindo del libro) y es especialmente interesante ver las viejas casas señoriales construídas en madera. Esas que, como explica Pamuk, se han ido incendiando con el paso de los años hasta casi desaparecer. (En una forma turca de argentinidad -eufemismo excesivamente irónico para aludir a una cierta ignorancia y a una característica complacencia en el desastre- él y sus amigos, como muchísimos habitantes de la ciudad, iban a ver los incendios como si fueran a un espectáculo, llevando una viandita y con ganas de compartir un momento divertido).
