jueves, junio 14, 2007

Vida Familiar

Este artículo lo publiqué en Diario Ciudadano, de Mendoza, hace unos meses:

La vida familiar

Como mi formación es “liberal”, es decir, un poco hippie y rebelde, como tengo un pasado de izquierda -por suerte ampliamente superado-, durante la mayor parte de mi vida sentí y pensé (lo que viene a ser más o menos lo mismo, si dejamos de lado el siempre superficial racionalismo) que la vida familiar implicaba un horizonte de vida burgués, trivial, normativizado al extremo, en el que la aventura de vivir era limitada casi hasta desaparecer. Ahora, que hace ya más de diez años que vivo un amor feliz y pleno, que mi hijo mayor cumple en unos meses cuatro años y cuando el menor tiene ya un año, veo las cosas de otra forma. Me parece que la aventura más potente y lisérgica, la emoción más profunda y el sentimiento más intenso forman parte de la cotidianeidad familiar. Entiendo, por fin, que cuando la cosa funciona se trata de una oportunidad para la mayor felicidad, y que cuando no funciona es posible que la responsabilidad no sea de la forma relacional familiar sino de los problemas puntuales que ciertas familias, y ciertos individuos, no logran abordar y resolver.

La mía no era una posición ideológica, ahora lo sé, sino una neurosis, una normal y simple neurosis de persona que no sabía bien qué era una familia, como no lo saben en realidad todos los que han vivido vidas familiares pobres y/o desquiciadas. Es verdad que no se trata de un problema muy original, sino tal vez de lo contrario: del problema más habitual y conocido. En muchos casos estas simples incapacidades aparecen luego revestidas de argumentaciones pseudo ideológicas, como si fueran posiciones personales respecto de cuestiones bien examinadas, siendo en realidad vulgares temores, límites personales transfigurados en planteos sociales o culturales. Esto sucede por otra parte en una inmensa pluralidad de temas, no sólo en relación a la vida familiar. Es muy frecuente que un síntoma personal aparezca transpuesto en una crítica social, o en una versión desesperanzada respecto del rumbo de la civilización. Casi podríamos decir que la enorme mayor parte del aparentemente sesudo pensamiento crítico respecto del sistema tiene este modesto origen: alguien no sabe o no puede hacerle frente a las condiciones normales de la vida en comunidad, condiciones que –por supuesto, y no está de más decirlo- son siempre exigentes y desafiantes, en nuestro país y en cualquier lugar del mundo, en este presente de grandes transformaciones como en los pasados más quietos.

Un amigo me dijo, hace muchos años, que tener hijos era una experiencia afectiva, que era algo que ampliaba enormemente el alcance de la emocionalidad propia. Me pareció una revelación, pese a que al mismo tiempo me daba cuenta de que lo enunciado era una obviedad. Suele también decirse que por los hijos uno daría su vida, y sin poner en cuestión la verdad enunciada en esa conocida afirmación, me parece sin embargo que ella expresa una perspectiva falseada. Una vez más, en esta idea, la prueba de la profundidad o la calidad de los sentimientos es la capacidad de sentir dolor. La proyección de un drama posible, la fantasía respecto de hechos trágicos, es un pobre recurso para conectarnos con emociones que, en estados más saludables, deberían generar escenarios menos melodramáticos. Si uno sufre mucho porque una mujer no está (el ausente puede también ser un hombre), el sufrimiento no es prueba del gran amor que por esa persona se siente: es mero testimonio de una inundación de dolor que uno padece y que puede tener muchos otros orígenes. El amor que vale es el que nos hace sentir bien, el que podemos vivir como una forma de expansión y desarrollo de nuestra sensualidad y de nuestra emocionalidad, y no el que se comporta esquivamente, enterrándonos en desconciertos y angustias cada vez mayores. Tomar al sufrimiento como escenario esclarecedor o como medida para captar las magnitudes del afecto es en realidad una forma de promover la formación de intimidades trágicas, y una condena para toda vida familiar que busque ser un ámbito de calidez, diversión y crecimiento.

Lo que resulta realmente increíble es ver el despliegue del ser de los hijos: ese que antes no existía, que era sólo una borrosa imagen en el deseo de los padres, ahora es un animalito bebé que llora, pide, mama, mira, ríe, duerme. El que antes era apenas un paquetito cumple tres años y muestra una personalidad que es ya expresión de un mundo propio: cada día que pasa aparece más la persona. Es como el proceso de revelado de una foto: donde no había imagen empiezan a verse formas cada vez más nítidas. En este caso lo que se revela es la vida concreta y real, precisa, vida que siempre aparece en la forma de un ser que respira y siente y quiere. La vida familiar es el entorno para los desarrollos más poderosos, para la aparición de lo nuevo, para la plasmación y el despliegue del deseo. ¿Forma burguesa y restrictiva de la experiencia afectiva? No me hagan reír…

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Entonces, tal vez, haya esperanza.

ihc dijo...

Todo es más simple de lo que parece... Me pone contenta que haya gente que piensa como yo :)

Darío García dijo...

Es como que muchas veces lo que suena obvio, si lo pensamos bien no lo es tanto. Lo que es simple, si lo vivimos en carne propia, deja de serlo, nos damos cuenta que para poder caminar feliz, tomado de la mano con los hijos y la mujer de uno, antes hay que caminar caricias, estimulos, conflictos, risas...

Rafael Marcelo Arteaga dijo...

ah el mundo de los estímulos! Estamos en la misma ruta.

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